lunes, 17 de noviembre de 2014

Nur Pilán - Codigo Sweet


Admiramos la integridad, el equilibrio,  la inteligencia y bondad en un mundo de listos.  Ser listo no es sinónimo de inteligente,  a los inteligentes no les queda tiempo para ser malvados. Los inteligentes saben que no se trata de abandonar “el juicio”, sino de liberar la vida y la vida debe ser juzgada dentro de la vida misma, dentro de la propia vida y en tiempo presente.

 
 
© Jam Montoya
 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La tragedia de la fotografía.


Un fotógrafo valeroso

Me gustaría mirar el mundo de la fotografía contemporánea y su mercado a través de sus ojos.

Cuando me convertí en fotógrafo, en los años sesenta, la fotografía era muy conservadora: podías ser Ansel Adams o Cartier-Bresson, las posibilidades eran verdaderamente limitadas. La fotografía esperaba todavía el reconocimiento, necesitaba ser considerada arte. Así, desafortunadamente, perdía su propia virginidad del peor modo posible: intentando imitar la pintura y tomando de ella, de hecho, los peores vicios. Por ejemplo, para que una fotografía sea reconocida como arte ya no nos tenemos que preocupar por sus contenidos, sino por sus dimensiones. Precisamente como ocurre con la pintura: piensa que Paul Klee durante años fue considerado un artista menor porque trabajaba con formatos pequeños. ¿Te das cuenta? Para que te tomen en serio tienes que hacer cuadros grandes

-¿Me puede poner un ejemplo?
-Andreas Gursky, que en este momento es el más “hot”, el más famoso, el más nuevo, en realidad es el fotógrafo más aburrido del mundo. Fotografía el interior de los supermercados, los campos de fútbol, las recepciones de los hoteles; parecen fotos de un informe anual de una empresa cualquiera, pero son enormes, por lo menos tres metros por no sé cuánto. Si redujeras las fotos de Gursky a un tiraje de 24 x 30 centímetros, podrías ver lo que realmente es: ¡aburrido! Por lo tanto es una cuestión de medidas. Además, hoy en día tienes que fotografiar en color. Y luego, la otra cualidad fundamental, es declarar que no eres fotógrafo, sino “fotógrafo - artista”.

Porque si eres sólo fotógrafo, tus trabajos valen 5.000 dólares, pero si eres “fotógrafo guión artista”, o sea un artista que utiliza la fotografía, entonces tus fotos valen 70.000 dólares.

-En realidad Gursky ni siquiera es de los más aburridos.
-¡Ah! Es verdad,
 Tillmans es todavía más aburrido: retratos de gente de pie, mirándote. Pero pretende ser vanguardia, cuando en realidad sólo es “retaguardia”. No hay nada original y esos retratos no tienen nada que ver con la interioridad de la persona. Creo que esta evolución es una tragedia, a nadie le importa ya el contenido. Y si tiene que haber un contenido, lo importante es que sea chocante; éste es el otro filón. Gente como Andrés Serrano o Witkin…, decapitaciones “a go go”. O toda la escuela inglesa concentrada en el shock como Damien Hirst o esa mujer que se fotografía en la cama mientras practica el sexo. El shock es el último refugio del escándalo. La gente que no tiene ideas confía en el shock. ¡Es una lástima!

-Cuando pienso en el mercado de la fotografía me viene a la mente esta frase suya: “No intentes nunca ser artista. Sencillamente haz tu trabajo y si tu trabajo es auténtico se convertirá en arte”.

-Yo amo a Balthus. él tenía un gran desprecio por aquellos a los que llamaba “los diplomados de las escuelas de arte”, supongo que, ante todo, porque la idea de que puedas ir a una escuela de arte y aprender a convertirte en un artista es ridícula. Puedes entender que un médico o un dentista vayan a la escuela para aprender su oficio, pero no un artista. Sin embargo, ahora son esos estudiantes quienes dictan las reglas, quienes definen qué es el arte; de hecho esos famosos artistas de hoy son diplomados de las escuelas. Pero la escuela transforma al artista en alguien que crea para el mercado. Piensa que, incluso, a la obra la llaman “producto”; eso lo dice todo. Me cuentan que muchas galerías van a esas escuelas a descubrir quién será “hot”, quién será la próxima cara del mercado.

(…) Pero, para mí, la cuestión sigue siendo que tienes que tener algo que expresar, y si esa necesidad que tienes es grande, incluso sin una licenciatura, encontrarás el modo de expresarte a través de una fotografía. ¿Conoces el libro El zen y el tiro con el arco? En él se explica claramente: lo que cuenta no es intentar dar en el blanco, sino lo que haces para perfeccionar tu forma y si tu forma alcanza la perfección, entonces darás en el blanco. Así, los que piensan sólo en dar en el blanco (y su blanco es convertirse en artistas) en realidad no tienen tiempo para perfeccionar su forma, actúan en función del blanco. Y, la mayoría de las veces, el resultado es lo que se ve hoy, un producto blando, sin mundo interior, que carece de pasión; como si hubiera sido producido por una máquina. Y además ocurre que, si tienes éxito, has de seguir produciéndolo una y otra vez. Por ejemplo Cindy Sherman sigue haciendo autorretratos porque es lo que vende. Luego ha intentado acercarse a otros temas como las fotos de vómito y las de sexo, pero los retratos venden más.

Hombre, me ha tocado un poco la fibra con Andrés Serrano y Joel-Peter Witkin pero hay que reconocer que tiene razón en todo lo que dice.

Duane Michals

 

 

 

 

 

                                                                    © Jam Montoya      

                                                                       © Jam Montoya

                                                  
© Jam Montoya
 

From me to you ( 2012 - 2013 )


La digitalización ha permitido la liberación de la fotografía de su carácter documental histórico que desde un principio tuvo, la manipulación de imágenes a través de la fotografía digital consigue recuperar el imaginario pictórico y narrativo que, en gran medida, se había perdido de la cultura visual fotográfica con el pretexto, argumentado hasta la saciedad, de unas limitaciones técnicas que siempre han abocado a la inhibición, a frenar  el desarrollo creativo y nuevas vías en la experimentación, justificando de este modo las propias incapacidades personales.

La fotografía digital entronca directamente con la ideología del collage entendido como fotomontaje de vanguardia dadaísta o constructivista  que mostraba el recorte y el carácter fragmentario de su construcción sin pretender engañar a nadie. No obstante, la fotografía digital consigue eliminar las marcas del proceso de construcción del "collage" y dotar al fotomontaje de un carácter unitario.

Desde su invención, la fotografía tenía total credibilidad como testimonio incuestionable de la realidad debido al funcionamiento del dispositivo de captura. Posteriormente, la manera de registrar la realidad se ha considerado un posicionamiento ideológico  que nada tiene que ver con el carácter neutral y objetivo de su funcionamiento.

Las nuevas tecnologías digitales tienen la capacidad de transformar esa realidad e intervenir sobre el registro de la imagen  hasta el punto de manipular y distorsionar las imágenes sin perder el realismo fotográfico con el que fueron captadas por lo que la digitalización, desposee a la fotografía de su carácter objetivo y rompe la conexión física entre el referente y la impresión fotosensible, es decir, entre la experiencia perceptiva de la realidad por observación directa y la imagen mediada a través de una tecnología.
Gerardo F. Kurtz ( Summa Artis. Historia General del Arte )
 
                                                                      
                                                                  © Jam Montoya   


                                                                   © Jam Montoya

From me to you


 
                                                               © Jam Montoya

 
                                                                       © Jam montoya

 
© Jam Montoya

 
© Jam Montoya

 
© Jam Montoya
                                                                        

jueves, 30 de agosto de 2012

Almas muertas

                                                   La poca luz que en mi celda entra   
                                                   © Jam Montoya              



Feliz el escritor que rehúye los tipos vulgares, trivialidad que choca y descorazona y se dedica a pintar almas nobles, honra de la humanidad; que, en el torbellino de imágenes en continuo cambio, elige algunas pocas excepciones; que no traiciona jamás el tono elevado de su lira, y no se inclina hacia los mezquinos mortales y planea lejos de la tierra en una región sublime. Doblemente envidiable su magnífica suerte: se encuentra como en familia entre esa élite, y los ecos de su gloria resuenan en todo el universo.
      Adula, embriaga a los hombres velándoles la realidad disimulando las taras de la humanidad, y solo deja ver lo sublime, lo bello. Todos le aplauden y siguen en cortejo su carro triunfal. Lo proclaman gran poeta; se dice que su genio sobrepuja a los otros ingenios; como el águila, que vuela más alto que las demás aves. Al oír su nombre, los corazones jóvenes palpitan; lágrimas de simpatía brillan en todos los ojos. ¡Nadie iguala su poder!
      ¡Muy diferente destino aguarda al escritor que se atreve a remover la ciénaga horrible de las bajezas en que se hunde nuestra vida; a bucear en el abismo de las naturalezas frías, mezquinas, vulgares --que encontraremos a cada paso en el curso de nuestro terrestre peregrinar, a veces tan penoso, tan amargo--, y saca a relucir a la luz del día, como grabado por buril implacable, lo que nuestros ojos indiferentemente rehúsan ver!
      No sabrá nunca lo que son los aplausos del pueblo, ni las lágrimas agradecidas, ni los impulsos del entusiasmo unánime. No suscitará ninguna pasión heroica en los corazones de dieciséis años; no se sentirá fascinado por sus propios acentos; no evitará, por último, el juicio de sus hipócritas contemporáneos, que dirán que sus queridas creaciones son escritos despreciables y extravagantes; le atribuirán los vicios de sus héroes, y le negarán el corazón, el alma y la llama divina a su talento. Pues los contemporáneos no quieren reconocer que los cristales que sirven para observar los movimientos de los insectos imperceptibles tienen tanto valor como aquellos que permiten contemplar el sol. Niegan que se precise un gran poder de penetración para iluminar un cuadro tomado de la vida abyecta y hacer de ella una obra maestra. Niegan que una potente carcajada valga tanto como una bella emoción lírica. Al negar esto, los detractores se burlarán de los méritos del escritor desconocido. Ninguna voz contestará a la suya. Quedará aislado en medio del camino. Austera es su profesión, amarga su soledad…pero aun así seguirá escribiendo y amándote….

Nikolai Gogol


domingo, 26 de agosto de 2012

Esa luz que nos alumbra

                                              Castell Beach   © Jam Montoya
                                                La habitación roja de las putas llenas
                                                                         © Jam Montoya




La perfección es un camino que sólo conduce a la soledad.
                                                            M. Yourcenar

Nada hay más oscuro que el camino hacia la luz. Todo lo que se oculta tras esta paradoja es tan sólo la certeza de unos pocos que han elegido vivir según sus verdades, aunque a veces, esas verdades, sean una condena impuesta por el castigo de ir contra corriente.
Montoya nunca ha evitado sus caminos: erotismo y perfección; y aunque su elección le haya valido más de una vez la condena del silencio, la decisión está tomada. Nada hay en sus imágenes que no sugiera lo que él es, que evite la evidencia de lo que desde siempre ha proclamado con sus fotografías ajenas a cualquier estética que no sea la de sus propias convicciones, porque la elección de la diferencia conlleva vivir en ese abismo incierto que es la soledad, en esa oscura región de malditos que se han atrevido a correr riesgos. El valor de las cosas está en función de lo que cada uno está dispuesto a arriesgar por ellas, y está claro que, cuando se tratan ciertas cuestiones, la aceptación social y la fidelidad hacia uno mismo son opciones del todo incompatibles.

Existen elecciones personales que otorgan a una obra la validez de lo auténtico. Normalmente se trata de elecciones dolorosas procedentes de una convicción tal que es imposible sustraerse a ellas como no sea traicionando una parte fundamental de lo que somos. Hay que tener mucho valor y una gran certeza interior para proseguir en medio de este absurdo circo, para evitar el suicidio creativo, el abandono en pos de la nada, del silencio ingrato que pretende acallar lo evidente. El artista de la convicción lo es siempre a pesar suyo. Porque no hay otra luz que la luz que nos alumbra desde dentro, desde lo que somos y no podemos ni queremos evitar, aunque recorrer su camino sea siempre la opción más solitaria y dolorosa.

Eulalia Martinez Zamora.



La carne atormentada

                                              Metamorfosis después de una mamada
                                                           © Jam Montoya
                                              Autorretrato follando con una gorda
                                                              © Jam Montoya 



Como consecuencia de la necesidad de transmitir los sentimientos el artista revuelve a los espectadores, porque quiere ser claro, no pretende andarse con circunloquios más o menos manidos, y muestra sin ambages la crudeza de la vida, la realidad de lo oculto, la irreverencia que se transforma en ansia de libertad, en la necesidad de decir que ¡ya basta! a la obediencia del miedo, y que en medio de lo que a todos aterra hay un punto de hermosura que es necesario compartir. El sufrimiento de los demás sólo se comprende cuando uno sufre con ellos, y muchas veces a pesar de ellos, porque el sufrimiento lleva implícita la soledad, la necesaria intimidad de la pena,  que el que acompaña rompe. De ahí que la obra de Montoya nos rompa los esquemas, invada lo más lejano de cada uno y ponga imágenes a esos sentimientos que hemos creído adormecidos, que son sólo de otros y que ninguno de los espectadores directos han creído tener entre los entresijos del corazón y de la mente pero que, de repente, ante la contemplación de las imágenes, se desatan y rebelan sin permiso consciente. Duele el estómago, los ojos se cierran, el paso se acelera y queremos escapar de nosotros mismos, no de la obra que contemplamos. La demonización del transmisor viene después porque a nadie le gusta reconocerse en la crudeza de la vida mostrada.        Susan Sontag escribe: “Al parecer, la apetencia por las imágenes que muestran cuerpos dolientes, es tan viva como el deseo por las que muestran cuerpos desnudos (…) En cada caso, lo espeluznante nos induce a ser meros espectadores, o cobardes, o incapaces de ver”

         Es más fácil catapultar al autor al enfermizo limbo de los seres extraños, de los marginales que no forman parte de nada correcto, porque ha sido capaz de reflejar lo que se ve de puertas hacia dentro, al que nos llama cobardes, incapaces o meros espectadores.

         A pesar de la huida, el resultado va a ser el mismo: el sufrimiento ajeno se transforma en vivencia propia, y de ahí nadie puede escapar si no es haciendo frente a la realidad no reconocida hasta el momento de la contemplación.

 Matilde Muro