jueves, 30 de agosto de 2012

Almas muertas

                                                   La poca luz que en mi celda entra   
                                                   © Jam Montoya              



Feliz el escritor que rehúye los tipos vulgares, trivialidad que choca y descorazona y se dedica a pintar almas nobles, honra de la humanidad; que, en el torbellino de imágenes en continuo cambio, elige algunas pocas excepciones; que no traiciona jamás el tono elevado de su lira, y no se inclina hacia los mezquinos mortales y planea lejos de la tierra en una región sublime. Doblemente envidiable su magnífica suerte: se encuentra como en familia entre esa élite, y los ecos de su gloria resuenan en todo el universo.
      Adula, embriaga a los hombres velándoles la realidad disimulando las taras de la humanidad, y solo deja ver lo sublime, lo bello. Todos le aplauden y siguen en cortejo su carro triunfal. Lo proclaman gran poeta; se dice que su genio sobrepuja a los otros ingenios; como el águila, que vuela más alto que las demás aves. Al oír su nombre, los corazones jóvenes palpitan; lágrimas de simpatía brillan en todos los ojos. ¡Nadie iguala su poder!
      ¡Muy diferente destino aguarda al escritor que se atreve a remover la ciénaga horrible de las bajezas en que se hunde nuestra vida; a bucear en el abismo de las naturalezas frías, mezquinas, vulgares --que encontraremos a cada paso en el curso de nuestro terrestre peregrinar, a veces tan penoso, tan amargo--, y saca a relucir a la luz del día, como grabado por buril implacable, lo que nuestros ojos indiferentemente rehúsan ver!
      No sabrá nunca lo que son los aplausos del pueblo, ni las lágrimas agradecidas, ni los impulsos del entusiasmo unánime. No suscitará ninguna pasión heroica en los corazones de dieciséis años; no se sentirá fascinado por sus propios acentos; no evitará, por último, el juicio de sus hipócritas contemporáneos, que dirán que sus queridas creaciones son escritos despreciables y extravagantes; le atribuirán los vicios de sus héroes, y le negarán el corazón, el alma y la llama divina a su talento. Pues los contemporáneos no quieren reconocer que los cristales que sirven para observar los movimientos de los insectos imperceptibles tienen tanto valor como aquellos que permiten contemplar el sol. Niegan que se precise un gran poder de penetración para iluminar un cuadro tomado de la vida abyecta y hacer de ella una obra maestra. Niegan que una potente carcajada valga tanto como una bella emoción lírica. Al negar esto, los detractores se burlarán de los méritos del escritor desconocido. Ninguna voz contestará a la suya. Quedará aislado en medio del camino. Austera es su profesión, amarga su soledad…pero aun así seguirá escribiendo y amándote….

Nikolai Gogol


domingo, 26 de agosto de 2012

Esa luz que nos alumbra

                                              Castell Beach   © Jam Montoya
                                                La habitación roja de las putas llenas
                                                                         © Jam Montoya




La perfección es un camino que sólo conduce a la soledad.
                                                            M. Yourcenar

Nada hay más oscuro que el camino hacia la luz. Todo lo que se oculta tras esta paradoja es tan sólo la certeza de unos pocos que han elegido vivir según sus verdades, aunque a veces, esas verdades, sean una condena impuesta por el castigo de ir contra corriente.
Montoya nunca ha evitado sus caminos: erotismo y perfección; y aunque su elección le haya valido más de una vez la condena del silencio, la decisión está tomada. Nada hay en sus imágenes que no sugiera lo que él es, que evite la evidencia de lo que desde siempre ha proclamado con sus fotografías ajenas a cualquier estética que no sea la de sus propias convicciones, porque la elección de la diferencia conlleva vivir en ese abismo incierto que es la soledad, en esa oscura región de malditos que se han atrevido a correr riesgos. El valor de las cosas está en función de lo que cada uno está dispuesto a arriesgar por ellas, y está claro que, cuando se tratan ciertas cuestiones, la aceptación social y la fidelidad hacia uno mismo son opciones del todo incompatibles.

Existen elecciones personales que otorgan a una obra la validez de lo auténtico. Normalmente se trata de elecciones dolorosas procedentes de una convicción tal que es imposible sustraerse a ellas como no sea traicionando una parte fundamental de lo que somos. Hay que tener mucho valor y una gran certeza interior para proseguir en medio de este absurdo circo, para evitar el suicidio creativo, el abandono en pos de la nada, del silencio ingrato que pretende acallar lo evidente. El artista de la convicción lo es siempre a pesar suyo. Porque no hay otra luz que la luz que nos alumbra desde dentro, desde lo que somos y no podemos ni queremos evitar, aunque recorrer su camino sea siempre la opción más solitaria y dolorosa.

Eulalia Martinez Zamora.



La carne atormentada

                                              Metamorfosis después de una mamada
                                                           © Jam Montoya
                                              Autorretrato follando con una gorda
                                                              © Jam Montoya 



Como consecuencia de la necesidad de transmitir los sentimientos el artista revuelve a los espectadores, porque quiere ser claro, no pretende andarse con circunloquios más o menos manidos, y muestra sin ambages la crudeza de la vida, la realidad de lo oculto, la irreverencia que se transforma en ansia de libertad, en la necesidad de decir que ¡ya basta! a la obediencia del miedo, y que en medio de lo que a todos aterra hay un punto de hermosura que es necesario compartir. El sufrimiento de los demás sólo se comprende cuando uno sufre con ellos, y muchas veces a pesar de ellos, porque el sufrimiento lleva implícita la soledad, la necesaria intimidad de la pena,  que el que acompaña rompe. De ahí que la obra de Montoya nos rompa los esquemas, invada lo más lejano de cada uno y ponga imágenes a esos sentimientos que hemos creído adormecidos, que son sólo de otros y que ninguno de los espectadores directos han creído tener entre los entresijos del corazón y de la mente pero que, de repente, ante la contemplación de las imágenes, se desatan y rebelan sin permiso consciente. Duele el estómago, los ojos se cierran, el paso se acelera y queremos escapar de nosotros mismos, no de la obra que contemplamos. La demonización del transmisor viene después porque a nadie le gusta reconocerse en la crudeza de la vida mostrada.        Susan Sontag escribe: “Al parecer, la apetencia por las imágenes que muestran cuerpos dolientes, es tan viva como el deseo por las que muestran cuerpos desnudos (…) En cada caso, lo espeluznante nos induce a ser meros espectadores, o cobardes, o incapaces de ver”

         Es más fácil catapultar al autor al enfermizo limbo de los seres extraños, de los marginales que no forman parte de nada correcto, porque ha sido capaz de reflejar lo que se ve de puertas hacia dentro, al que nos llama cobardes, incapaces o meros espectadores.

         A pesar de la huida, el resultado va a ser el mismo: el sufrimiento ajeno se transforma en vivencia propia, y de ahí nadie puede escapar si no es haciendo frente a la realidad no reconocida hasta el momento de la contemplación.

 Matilde Muro

La luz de los sentidos

                                                        Pressing Space © Jam Montoya



En el simple rellano de una escalera, el artista se desenvuelve como pez en el agua. Quiere decir cosas a gritos que el silencio envuelve.
         No puede quedar la obra como algo que enriquece el espacio exterior. No se permite ser fotógrafo a secas. Hay algo más detrás del sufrimiento que provoca la creación: compartir el vértigo de la fatiga en el espectador, hacerle víctima de los daños que el nacimiento de la obra ocasionan, pensar que es cómplice del pensamiento y mostrar a la luz del día el resultado del pensamiento.
 La necesidad de comunicar, la fuerza que sale sin saber cómo, pero que se manifiesta con toda la crudeza del recién nacido: el que llora y el que hace llorar; el que siente y hace sentir; el que provoca el vómito de la vida que termina o se ilusiona ante la suerte de haber pasado la barrera de la muerte aunque el tránsito haya dejado huellas en el camino imposibles de borrar.

Matilde Muro

miércoles, 15 de junio de 2011

Sobre la vocación

© JAM Montoya Acción 3




En toda reflexión sobre un medio cualquiera que sé elija como expresión artística debe de plantearse una cuestión fundamental y primigenia: ¿Por qué vamos a dedicarnos a determinada disciplina y que esperamos a cambio de esa dedicación?
Cuando en ocasiones he tenido la oportunidad de conversar con un autor incipiente que me parecía interesante, he formulado estas cuestiones por pura curiosidad. Las respuestas siempre fueron parecidas salvo algunas matizaciones. La gran mayoría tenían la esperanza de poder vivir de su arte, otros, los más idealistas, anteponían el éxito, el reconocimiento, la fama para terminar con el deseo fervoroso de también poder vivir de su facultad. Pero curiosamente, escasos han sido los pretendían hacer arte por el puro placer de hacerlo, sin esperar nada a cambio, o sea, hacer arte a fondo perdido.
Esta necesidad absoluta de una dimensión pragmática que subyace en todo lo que hacemos, influenciada o impuesta por la propia estructura social y que en principio parece licito y humano, en arte también puede resultar una trampa.
Muy pocos son los artistas que he conocido que al margen de las concesiones que el mundo pueda otorgarles, sientan la plenitud y el deleite por el hacer cotidiano, de ahí, el abandono de unos y las frustraciones de otros cuando sus motivaciones se ven truncadas por no ser alcanzadas las cotas, que erróneamente, ellos mismos se marcaron.
A los que ahora vais a comenzar por este peculiar camino quiero deciros que a lo largo de la vida somos atrapados y desgarrados por diversas trampas, y el arte puede ser una de ellas, algunos artistas tienden a plasmar aquello que complace o complació al público anteriormente, escuchan elogios y se los creen, pero en realidad solo existe un juez definitivo de un artista, y es el propio artista.
Cuando este se deja seducir por los críticos, editores, galeristas, directores de museos y el público en general está acabado, y desde luego, cuando se deja llevar por su fama y fortuna, puedes dejarlo flotar rio abajo con la mierda de los vertederos que no se notará que va entre los detritus.
Si vas a intentar dedicarte al arte, llega hasta el final, asegúrate con frialdad que tienes cualidades, de lo contrario no empieces siquiera, tal vez suponga perder novias, esposa, familia, trabajo y hasta la cabeza, tal vez suponga no comer ni dormir durante varios días, tal vez suponga humillación, desprestigio, desdén y el aislamiento. Pero el aislamiento es el premio, todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia, tus autenticas ganas de hacerlo y el convencimiento de lo que haces. A pesar del rechazo y de las ínfimas probabilidades será mejor que cualquier otra cosa que pudieras imaginar.
Si vas a intentarlo llega hasta el final porque no existe una sensación igual, estarás solo con los dioses y las noches arderán en llamas, llevarás las riendas de la vida y llegarás a la autentica armonía y a la risa perfecta. En realidad es por lo único que merece la pena luchar y nunca olvides que para permanecer fuera de los circuitos oficiales del arte, precisamente hay que ser un gran artista.


JAM Montoya

lunes, 30 de mayo de 2011

Otra vida rota

© JAM Montoya : otra vida rota



Cuando alguna vez se me ha preguntado el por qué de mi decepción con la vida, de ese pesimismo que la mayor parte de las veces me invade, no sé muy bien que contestar, es complicado transmitir algo que está dentro de lo sensorial. Con el tiempo vas acumulando experiencias y a poco que seas sensible, las circunstancias de la gente que tienes más cercana van impregnando tu mundo y, el hecho de vivir las tuyas propias, de tener la plena conciencia de esta “merienda de negros” en la que estamos inmersos, te va condicionando hacia cierta actitud de desencanto que puede llegar a toda una tragedia personal.
La gente que como yo nos dedicamos al arte de manera vocacional, tenemos una gran suerte, al menos exorcizamos nuestro dolor y este arte, que no es otra cosa que una terapia de vida, alivia y, en ocasiones, permite ciertos destellos de felicidad.
En una entrevista que leí hace bastante tiempo, decía el escultor Oteiza que el accedía al arte para curarse, para curarse de ese sentimiento trágico de la vida y, a través del arte, se quedaba sin escultura solo con sus manos. Ese es, precisamente, el poder del arte, la droga, lo que engancha, entrar en otro mundo para poder escapar de este que no nos gusta. Pero quedarse con sus manos como decía Oteiza es muy significativo y lógico, para un escultor sus manos lo son todo, igual que para un músico.
Mi amigo también es escultor, un gran escultor, o mejor dicho, hasta ahora lo había sido y además un verdadero artista, humilde, de pocas palabras, como casi todas las personas sabias. Vivía por y para su trabajo, austero hasta la exageración en lo material porque su espíritu era grande. Alejado del mundo, lo único que le quedaba era su arte que le permitía suspirar de vez en cuando.
Hoy he ido a verlo nuevamente al hospital y ha sido muy duro porque además hemos podido hablar. Ha perdido su mano derecha por la mitad del antebrazo en un accidente de carretera. Mi corazón está roto y en la soledad de mi casa no puedo llorar más.
No soy escritor y a duras penas me defiendo para mis asuntos, quizás no tenga la capacidad de poderos transmitir, en toda su magnitud, el dolor de mí amigo y el mío propio, por eso, me permito la licencia de recurrir a un fragmento de Los Heraldos Negros de Cesar Vallejo:

Hay golpes en la vida, tan fuertes…¡ Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
La resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma…¡ Yo no sé!
Son pocos; pero son…Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos mandan la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del Alma
De alguna fe adorable que el Destino blasfema……..


Los que me conocen saben que yo no soy católico pero tampoco un ateo al uso, en realidad, nunca he tenido muy claro lo que soy; pero por si acaso: maldigo el nombre de Dios una y mil veces.
JAM Montoya

lunes, 23 de mayo de 2011

On Time de JAM Montoya

© JAM. Montoya Tiempo 5 de On Time





ON TIME


El paso de la luz solar a las tinieblas nocturnas ha sido a menudo utilizado como símbolo de reflexión o como alegoría al paso del tiempo. También ha sido una manera de representar emociones y sentimientos muy intensos como la nostalgia, el amor…etc.
Los pintores románticos utilizaron los cielos dramáticos encendidos, para acentuar el valor emotivo de la escena representada. Puede ser, por tanto, una manera de representar la grandeza de la vida como un símbolo trágico del destino.
En este caso, la dramatización de la escena, la atmósfera y personajes es la metáfora de un concepto de dualidades, de opuestos y complementarios, de lo auténtico y lo banal. Es un mundo frio, distante y egoísta donde la comunicación verdadera no existe.
Cada cual va a sus asuntos absortos en su problemática, ignorando e incluso arrasando con todo lo que se interpone en su camino, la cuestión es conseguir unos objetivos que generalmente son de tipo económico o vanidosos. Se suele hablar de lo superfluo, de lo nimio y el guardar las apariencias, la actitud hipócrita, es la tónica generalizada.
La luz también ha sido, tradicionalmente, la representación del conocimiento, de la sabiduría verdadera que es otra cosa muy diferente de la cultura, del conocimiento adquirido en los libros o en la universidad…etc.
Aún en esta sociedad, competitiva y vanidosa, existen personas que se interesan por la luz, por su perfección, por crecer interiormente como individuos y llegar a una plena conciencia y aceptación del discurso vital en una búsqueda de la armonía interior, del sosiego que nos va a permitir un estado superior de conciencia y algo más de felicidad.
La desnudez de algunos personajes no es otra cosa que una representación simbólica de nuestra disposición en la vida, disposición de resistencia y rebeldía a la manipulación y a los convencionalismos sociales. Es una actitud de sinceridad y aceptación de nuestras imperfecciones. Solo se llega a la sabiduría desde la humildad.


“La máxima creación consiste en convertir lo ordinario en extraordinario y lo extraordinario es ser capaz de sentarse en la cúpula de uno mismo.”
PAI-CHANG